Derribemos muros, construyamos puentes
Cuando viajas por primera vez a los Territorios Ocupados compruebas que la realidad supera con creces a cualquier información previa que pudieras tener y al peor de los escenarios que hubieras imaginado. Cuando convives en los campos de refugiados de Deheishe, Al-Amaris, Aida… donde miles de personas malviven en chabolismo vertical, no tengo palabras para describir la impotencia que sientes. Cuando atraviesas como cualquier palestino un “check point” en Belén, Hebrón, Nablus… y sientes la humillación, el hostigamiento y la falta de libertad, compruebas la magnitud real de la ocupación y del bloqueo. Cuando ves que los muros infinitos se extienden como heridas a lo largo del territorio palestino, asfixiando social y económicamente a sus ciudades y a sus gentes, sientes el acoso al que son sometidos.
Cuando Ashma, ciudadana de la Franja, te dice: “matarán a nuestros padres, a nuestros hermanos, a nuestras hijas y maridos pero no podrán impedir que sigamos reivindicando el derecho a vivir en paz en nuestra tierra”, eres consciente de que podrán construir muros, cercar las ciudades, establecer mil puestos de control pero jamás podrán cercar ni controlar sus sueños: una Palestina libre y en paz.
Es evidente que no son la ocupación ni el uso de la fuerza lo que enriquece y guarda las identidades de los pueblos. La historia nos enseña que los avances de la civilización se han construido desde el intercambio de las culturas, de la ciencia, del pensamiento…
La respuesta está en cumplir el derecho internacional, las resoluciones de las Naciones Unidas, los Derechos Humanos y la igualdad. Pero también está en hacer visibles a las grandes olvidadas en el discurso: las mujeres y en el cumplimiento de la Resolución 1325 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que obliga a la participación de las mujeres en la prevención y resolución de conflictos, así como al mantenimiento y consolidación de la paz.
La paz está vinculada inexorablemente a la perspectiva de género, a la igualdad entre el hombre y la mujer, y al desarrollo. Y no existe otro camino para alcanzarla que el fortalecimiento de las democracias, el multilateralismo y la legalidad internacional, es decir, el camino de los bienes públicos mundiales, aquellos que representa la ONU.
No hay futuro si no se respetan los derechos de todos. Derribemos muros y construyamos puentes, porque para cambiar las cosas tan sólo se necesita voluntad.





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